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Columnas

Anna Kadabra vs Alonso Quijano 

Por Miranda Villagrán

Una tarde, mientras terminaba de ordenar el área infantil de la librería en donde trabajo, un niño de unos siete años se acercó con determinación hacia el librero que alberga el material orientado a los “primeros lectores”. En mi fuero interno, la frustración hizo inmediato acto de presencia. Al parecer, no podría gozar ni un minuto el fruto de mi esfuerzo de la última media hora. Especialmente porque el pequeño iba acompañado por quienes asumí que eran su madre y su abuela, y es bien sabido que las más de las veces son los adultos quienes convierten esa sección en un verdadero desastre. Sin embargo, gracias a lo que ocurrió después, olvidé todo esto por completo. 

Decidí permanecer cerca, en caso de que los clientes solicitaran alguna recomendación. Tras un cuidadoso y reflexivo examen de las estanterías, el niño tomó un ejemplar de Anna Kadabra y, dirigiéndose a sus acompañantes, quienes se encontraban revisando la sección de Cuentos clásicos que tanto llama la atención de los padres, les dijo con voz fuerte y clara: “Quiero éste”, mientras sostenía el libro a una altura adecuada para que ellas pudieran mirar la portada. El gesto que esbozaron las mujeres reflejó su absoluto y unánime desacuerdo. Fue en ese momento en que decidí acercarme deliberadamente para presenciar –otros dirían, chismosear– la escena.

Me parece pertinente mencionar que la portada mostraba a una alegre brujita, cuyo nombre –mismo que sirve como título para el libro– resaltaba en la parte superior, en grandes letras de color fucsia. “No”, le respondió inmediatamente la madre, “Ese es para niñas, no te va a gustar”. “Pero es de brujas y magia. Quiero éste”, replicó el niño. La madre y la abuela intercambiaron miradas de desaprobación y le mostraron al pequeño una edición del Quijote, “adaptada” para niños. “Mejor llévate éste”, le dijeron en un vano intento por convencerlo de cambiar de parecer. “Es un clásico que te pedirán leer en la escuela. Si lo llevas ahora, estarás adelantado y podrás librarte de esa tarea”. Después de algunos minutos de discusión y de más argumentos del estilo del anterior, el niño expresó: “Entonces ya no quiero nada”, dejó a Anna Kadabra sobre la mesa y se alejó. Las mujeres suspiraron y reconocieron su fracaso. Colocaron al Quijote donde lo encontraron, en su lugar tomaron La isla del tesoro, de R.L. Stevenson, y se dirigieron a la caja. 

Sobra mencionar la rabia e indignación que, para ese momento, me embargaban. Algunos podrán haber visto tan solo a un niño berrinchudo rechazando las amables propuestas de su madre, pero yo, yo vi la pérdida potencial de un lector. La chispa, la alegría y la ilusión que pude percibir cuando él eligió Anna Kadabra, había desaparecido de sus ojos. 

México se caracteriza por su bajo índice de lectores –distinto de aquel que refiere la estadística de alfabetización–, y situaciones como esta pueden ser determinantes para que el mismo se mantenga, o peor, se acentúe. Un lector debe ser iniciado, y la familia juega un papel muy importante. Llevar a un niño a visitar una librería es sin duda fundamental, pero lo es más otorgarle la libertad de perderse entre los ejemplares, hasta que uno de ellos lo elija; así como confiar en su criterio. La única manera de entregarnos al placer de la lectura es encontrando el contenido que nos sea de interés, aquel que sea significativo y al que, según nuestro contexto y etapa de desarrollo intelectual, podamos dar sentido, llevando a cabo el proceso de apropiación del texto.

Entiendo la premura por la lectura de los clásicos. ¿Qué padre no querría presumir que su hijo de siete años ha sido capaz de leer el Quijote, la obra más importante en lengua castellana de todos los tiempos? En definitiva eso estaría muy bien, pero el énfasis no debe recaer en la capacidad del infante de descifrar el código escrito de su lengua, sino en su capacidad de comprender lo que lee. ¿De qué sirve que el niño pueda pronunciar en voz alta “…de lanza en ristre y galgo jamelgo…” si no podrá explicarse lo que estas palabras significan? –Me tomé la libertad de revisar la aludida edición adaptada del Quijote que le ofrecieron al niño, y ese es el nivel léxico que maneja. ¿De verdad está dirigido a niños cuyo repertorio de palabras es, por decir algo, sumamente reducido? –. En el peor de los casos, después de unas cuantas líneas el niño comenzará a creer que el texto es aburrido, y extenderá este juicio respecto de la lectura en general. Y así, damas y caballeros, es como nosotros mismos nos ponemos el pie a la hora de pretender formar a nuestras infancias como lectores. 

La lectura vista como obligación y el contenido que no resulta de interés o que escapa de nuestra capacidad intelectual es lo que impide que desarrollemos el hábito –o el vicio– de leer. Todo primer lector que gracias a la constancia y a la toma de decisiones respecto del material de lectura –acertadas o no, eso da igual, pero que sean propias y autónomas, lo que no equivale a decir carentes de orientación por parte de un lector experimentado– tiene más posibilidades de convertirse en un devoralibros, que llegará, en algún momento, a los clásicos. Y los leerá con gusto, curiosidad y por voluntad propia, cuando esté listo para las obras que han marcado hitos en la historia literaria. Mientras tanto, no pretendamos imponer esas lecturas. Puede resultar contraproducente. Repito, confiemos en el criterio de nuestros niños. 

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